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September 18, 2014

Nogar

Elena recorría los campos antes de volver a casa. Era mejor si tardaba en volver, porque no quería cruzarse con su padre, pero también era mejor si volvía rápidamente o él se enojaría; a Elena no le gustaba cuando su padre se enojaba; era herrero, y por lo tanto fuerte y fornido. Pero era mejor que su madre, ella los había dejado a ambos por otro hombre.
Volvía entonces, con las palanganas llenas con agua del río, cuando sus oídos estallaron ante un chillido agudo y lastimero. En el susto, las palanganas se resbalaron de sus dedos, el agua cayó y mojó todo a su paso, sus sandalias se inundaron y la tela con la que estaban hechas se estiró, pero ella estaba paralizada. Sucedió devuelta, el sonido pertenecía a una criatura, eso por seguro. La repetición la despertó de su terror para impartir curiosidad en ella, y se desvió del camino para investigar.
Usó para acercarse al origen de la criatura los silencios entre los aullidos de agonía. La luz que se filtraba entre el follaje de los árboles convertía la escena en un paisaje encantador, daba la sensación de que nada malo podía pasar allí, no con tal belleza al rededor. Caminó metiéndose entre los árboles sin sendero, corriendo arbustos con débiles brazos, tratando de no pincharse con sus espinas.
Cuando antes el aire era puro; el del pasto húmedo luego de una lluvia, Elena comenzó a sentir náuseas mezcladas con terror al acercarse a aquel agonizar cada vez más constante; un olor agrio y fuerte empezó a tomar lugar, y en ese entonces ella divisó al culpable.
Antes de poder entender lo que era que estaba viendo, un calor súbito la hizo tirarse al suelo, era fuego...una bola de fuego. Detrás de ésta había un dragón. No era el más anciano de los dragones, al contrario, era joven, pero tampoco era un bebé. El fuego que había lanzado a Elena era débil, como él mismo, y al ver que ni a ella pudo matar, echó su cabeza sobre el suelo vencido.
El olor nauseabundo era el de la sangre y carne quemada. Hubiera sido inteligente de Elena correr en ese momento, pero no podía. El joven dragón estaba muriendo sobre la escena de una batalla que solo indicaba, que su muerte era un acto de venganza. Cuando ella pudo ponerse de pie, no fue para alejarse, si no acercarse. El dragón la miró de reojo, pero no hizo nada.
Ella se acercó, tocó su cuello, le cantó y le dijo que todo estaría bien. Su escamoso cuerpo era duro y resbaloso como el cristal, y los dedos de Elena se mancharon con sangre. El dragón no lloró más, tal vez por orgullo, tal vez porque la compañía le hizo bien. El dragón no lloró más, pero entre sus respiros se escuchaba, Nogar, Nogar. Sería ese su nombre? Sería aquel que lo mató?
Otro grito diferente provino del bosque, del camino por el cual ella se había desviado. Llamaba su nombre, era su padre. Elena no podía dejar que su padre encontrara al dragón, pero tampoco quería dejarlo fallecer en soledad. Limpió la sangre de sus manos con sus sandalias mojadas, y las tiró por allí. Besó a Nogar entre los ojos, y corrió devuelta al camino donde debía estar su padre.
El dragón mira el cielo en el que sus alas se batieron por última vez. Sus escamas crujen en el crepúsculo, y se prepara para enfriarse finalmente. Está cansado, más que cansado, y solo quiere dormir. Así sus párpados, que cubren ojos amarillentos que tanto han visto, se cierran. Su cuerpo imponente se acomoda bajo los cadáveres calcinados de humanos y criaturas, y suspira, exhalando una última chispa de fuego rojizo.










Final (último párrafo), Kay
Todo el resto, yo

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