Tuve una época de dudas sobre todo lo que parecía estable en mi vida. Lo primero que tambaleó fue lo que yo consideraba hogar.
De pronto me di cuenta que mi hogar no era mi hogar, aquel lugar al que nombraba por compromiso así pero no había vuelto nunca. Cambiaba mucho de vivienda, y de compañeros de vivienda, así que esos eran hogares de tránsito, que por muy cómodos que fueran, existían desde un principio con la sombra de la inexorable despedida. Desaparecían, dejaban de ser.
Escuché en algún lado que un hogar es donde uno podía ser uno mismo con absoluta comodidad, con total libertad.
Me derrumbé.
Sentí que entonces que a pesar de no tener un lugar concreto y tangible en el mundo, ni siquiera podía considerarme a mi mismo un hogar.
Kay & Heliade. Cómplices en nuestro trayecto literario. Éstas son nuestras producciones escritas (con algunas apariciones de Lu)
Proyectos comenzados, terminados, a la mitad, ideas, notas.... Exclusivamente para que lo leas. No te olvides de comentar, es muy importante para nosotras (:
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December 18, 2015
Mond (VIII)
December 06, 2015
Mond (VII)
Cuando estuve en las ciudades salvajes, me tocó vivir en muchos lugares y conocer a varias personas. Una de esas personas fue Coraje, y por supuesto, ese no era su verdadero nombre.
Coraje era una mujer en un mundo complicado, de horas y recorridos difíciles. Muchas veces llegaba a casa cuando las ventanas ya dormían profundamente. Yo la esperaba con la cena fría y dispueste a escucharla. Coraje muy a menudo necesitaba hablar, y generalmente, era de odio.
Odio las calles oscuras; odio el silencio, porque cualquier suspiro de la noche parecen pasos siguiendo.
Odio la gente que esta afuera, que estaciona o arranca los autos. Odio a los que observan, a los que caminan con las manos en los bolsillos.
Odio las lámparas de la calle que crean sombras y me hacen pensar que hay alguien detrás mio, aunque tengan mi forma.
Odio las horas y odio los lugares oscuros de las veredas. Odio tener que cruzarlos corriendo.
Odio tener que aferrarme a todo lo material y fingir que es es aferrarme a lo que en realidad me importa.
Odio sobre todo, la mundo. Odio saber que no les importa saber si algún día pido ayuda.
Coraje odiaba mucho, y sufría más. Siempre decía que al bolso podía vaciarlo, pero a su vida no.
¿Y si me roban el alma?
Yo la apodaba Coraje, y ella se enojaba. Decía que de eso no tenía nada.
Yo afirmaba que de eso tenía todo.
Coraje era una mujer en un mundo complicado, de horas y recorridos difíciles. Muchas veces llegaba a casa cuando las ventanas ya dormían profundamente. Yo la esperaba con la cena fría y dispueste a escucharla. Coraje muy a menudo necesitaba hablar, y generalmente, era de odio.
Odio las calles oscuras; odio el silencio, porque cualquier suspiro de la noche parecen pasos siguiendo.
Odio la gente que esta afuera, que estaciona o arranca los autos. Odio a los que observan, a los que caminan con las manos en los bolsillos.
Odio las lámparas de la calle que crean sombras y me hacen pensar que hay alguien detrás mio, aunque tengan mi forma.
Odio las horas y odio los lugares oscuros de las veredas. Odio tener que cruzarlos corriendo.
Odio tener que aferrarme a todo lo material y fingir que es es aferrarme a lo que en realidad me importa.
Odio sobre todo, la mundo. Odio saber que no les importa saber si algún día pido ayuda.
Coraje odiaba mucho, y sufría más. Siempre decía que al bolso podía vaciarlo, pero a su vida no.
¿Y si me roban el alma?
Yo la apodaba Coraje, y ella se enojaba. Decía que de eso no tenía nada.
Yo afirmaba que de eso tenía todo.
November 29, 2015
Mond (VI)
No me gusta mucho salir a la calle. Y no es que no me gusten las calles. Es que no muy a menudo vuelvo feliz de ellas. Es decir, no muy a menudo me encuentro con situaciones que me hagan feliz.
Por ejemplo, los niños. Es terrible por que siempre creo verme a mi misme en ellos, siempre reconozco fragmentos de mi vida allí.
Algo que me sucedía muy a menudo cuando era pequeña y hablaba, era que me gustaba decirle al mundo cuando estaba feliz, y cuando no lo estaba. Y con el mundo, me refería a mi mundo, es decir a cualquiera que estuviera conmigo en aquel momento. Con el tiempo me di cuenta de que el mundo no siempre coincidía en las sensaciones, y las (algunas) personas tienden a chocar. Entonces si tenía hambre, o tenía sueño, o estaba muy emocionade por mi cumpleaños, pretendía que quien fuera que estuviera allí, al menos escuchara.
Generalmente recibía un "callate la boca".
Con el tiempo, las palabras se fueron solas. Si estaba triste, si estaba emocionade, nadie se enteraba. Si tenia hambre, abría la heladera. Si tenía sueño, me encobijaba en la cama. Con el tiempo no me acordé nunca de esa época en la que quería compartir lo que sentía.
Cuando salgo a la calle, veo niños y a sus padres, o lo que sean. Escucho esa orden monárquica y se me hiela la sangre. No es que no me gusten las calles, pero eso precisamente, me asusta. Me asusta que silencien bocas que no entienden los hilos del mundo, que corten esos lazos entre la boca y el alma. Me asusta que en algún momento, esos niños terminen pareciéndose a mi. Terminen como yo.
No es que no me guste ser yo... solo es que a veces, no es del todo bueno.
Por ejemplo, los niños. Es terrible por que siempre creo verme a mi misme en ellos, siempre reconozco fragmentos de mi vida allí.
Algo que me sucedía muy a menudo cuando era pequeña y hablaba, era que me gustaba decirle al mundo cuando estaba feliz, y cuando no lo estaba. Y con el mundo, me refería a mi mundo, es decir a cualquiera que estuviera conmigo en aquel momento. Con el tiempo me di cuenta de que el mundo no siempre coincidía en las sensaciones, y las (algunas) personas tienden a chocar. Entonces si tenía hambre, o tenía sueño, o estaba muy emocionade por mi cumpleaños, pretendía que quien fuera que estuviera allí, al menos escuchara.
Generalmente recibía un "callate la boca".
Con el tiempo, las palabras se fueron solas. Si estaba triste, si estaba emocionade, nadie se enteraba. Si tenia hambre, abría la heladera. Si tenía sueño, me encobijaba en la cama. Con el tiempo no me acordé nunca de esa época en la que quería compartir lo que sentía.
Cuando salgo a la calle, veo niños y a sus padres, o lo que sean. Escucho esa orden monárquica y se me hiela la sangre. No es que no me gusten las calles, pero eso precisamente, me asusta. Me asusta que silencien bocas que no entienden los hilos del mundo, que corten esos lazos entre la boca y el alma. Me asusta que en algún momento, esos niños terminen pareciéndose a mi. Terminen como yo.
No es que no me guste ser yo... solo es que a veces, no es del todo bueno.
June 12, 2015
Mond (V)
Nunca asistí a un funeral normal en mi vida.
En mi familia, celebrábamos los funerales luego de enterrar a nuestros muertos, mirando la tumba y tomando champán. Generalmente todo terminaba en llanto o en pelea, y más de una vez mis tíos lejanos salían sangrando por la nariz debido a algún golpe acertado por mis tíos cercanos.
Nunca me dejaron llorar por los que se habían ido: me reprendían y me decían que ya era tarde para eso. Que por muchas lágrimas que derramara los que se iban no volvían con un pañuelo por lástima. Que ya era tarde.
No me tomó muchas ocasiones aprender a no llorar a los muertos: la mayoría de mis familiares cercanos murieron durante mi niñez. Cada vez que ingresábamos al cementerio, pisando los adoquines y causando un eco fantasmal en los muros de nichos, con las botellas de champán tintineando como campanillas de cristal, no podía evitar repetir una sola cosa en mi cabeza.
Tarde.
Muchas veces volvía al cementerio por las tardes nubladas y me sentaba en algún rincón, sin botellas de champán y con mi paraguas por si las dudas. Me sentaba allí y me sentía libre al fin para llorar, pero por mucho que lo lograba no podía. Miré cada tumba, cada foto, cada epitafio y me imagine la grandísima cantidad de asignaturas pendientes que habían quedado allí porque se les había hecho tarde para vivir. No sentí nada, excepto cierto vacío en mi pecho.
Ahondé más profundo, y me imaginé en todos los cementerios de todos los pueblos y ciudades y lugares del mundo. Pensé en todas las personas que se habían quedado sin tiempo para vivir, que habían dejado planes a medias sin siquiera enterarse. Ninguna lágrima cayó.
Pero apareció el miedo, como una capa negra, a arroparme. Miedo puro a la muerte o a la vida.
Cuando atardeció, tomé mi paraguas y me fui, pensando en que si algún día moría, mi familia no lloraría para intentar que volviera. Solo observarían la placa de mármol, mi nombre en metal, y tomarían de sus copas de champán y algún tío terminaría con la nariz rota.
Me resultó extrañamente reconfortante.
En mi familia, celebrábamos los funerales luego de enterrar a nuestros muertos, mirando la tumba y tomando champán. Generalmente todo terminaba en llanto o en pelea, y más de una vez mis tíos lejanos salían sangrando por la nariz debido a algún golpe acertado por mis tíos cercanos.
Nunca me dejaron llorar por los que se habían ido: me reprendían y me decían que ya era tarde para eso. Que por muchas lágrimas que derramara los que se iban no volvían con un pañuelo por lástima. Que ya era tarde.
No me tomó muchas ocasiones aprender a no llorar a los muertos: la mayoría de mis familiares cercanos murieron durante mi niñez. Cada vez que ingresábamos al cementerio, pisando los adoquines y causando un eco fantasmal en los muros de nichos, con las botellas de champán tintineando como campanillas de cristal, no podía evitar repetir una sola cosa en mi cabeza.
Tarde.
Muchas veces volvía al cementerio por las tardes nubladas y me sentaba en algún rincón, sin botellas de champán y con mi paraguas por si las dudas. Me sentaba allí y me sentía libre al fin para llorar, pero por mucho que lo lograba no podía. Miré cada tumba, cada foto, cada epitafio y me imagine la grandísima cantidad de asignaturas pendientes que habían quedado allí porque se les había hecho tarde para vivir. No sentí nada, excepto cierto vacío en mi pecho.
Ahondé más profundo, y me imaginé en todos los cementerios de todos los pueblos y ciudades y lugares del mundo. Pensé en todas las personas que se habían quedado sin tiempo para vivir, que habían dejado planes a medias sin siquiera enterarse. Ninguna lágrima cayó.
Pero apareció el miedo, como una capa negra, a arroparme. Miedo puro a la muerte o a la vida.
Cuando atardeció, tomé mi paraguas y me fui, pensando en que si algún día moría, mi familia no lloraría para intentar que volviera. Solo observarían la placa de mármol, mi nombre en metal, y tomarían de sus copas de champán y algún tío terminaría con la nariz rota.
Me resultó extrañamente reconfortante.
April 07, 2015
El asunto de las estrellas fugaces
Alguien, en algún lugar, en algún tiempo inventó que si ves una estrella fugaz tenés que pedir un deseo.
Prácticamente alegó que un cuerpo celeste a la deriva, un trozo de diamante con una estela de polvo cósmico recorriendo instantáneamente el cielo humano podía ofrecer la misma posibilidad que ofrecían las velas en las tortas de cumpleaños.
Solo que esta vez era pedir el deseo nomás, no tratar de soplar a la estrella para apagarla.
Ver estrellas fugaces no es algo común. Como ver un eclipse de sol o ver una luna roja. Pero la diferencia es que las estrellas fugaces no suceden cada décadas, cada siglos: suceden todo el tiempo, y no las podemos ver por el simple hecho de que las personas son seres completamente despistados.
Las películas implantan esta idealización de el avisaje de una estrella fugaz como una escena romántica, una orquesta tocando detrás, una pareja riendo en el medio de un escenario solitario y fantástico. Existe la gente racional, quienes aceptan que la estrella es un fenómeno más del universo, y el mero hecho de que haya pasado en frente de sus ojos no les mueve nada. Luego existe la gente que a pesar de que saben de que la estrella o lo que fuera solamente cayó y no tiene porqué cumplir el deseo de nadie, deslumbrados por la vista de aquello tan inusual piden lo primero que se les ocurra.
Saben que las probabilidades son nulas, que solo lo hacen porque si. Pero quizás eso hace también la gente cada vez que cumplen años y se enfrentan con caras de idiotas a una multitud cantando y a la torta cubierta de glasé y velas encendidas. Solo transmiten un deseo, pero ni la torta ni la estrella tiene la obligación de cumplirlo. La gente crece y entiende que todo lo que desean deben salirlo a buscar por si mismos.
La verdad es que cuando vemos caer una estrella, no podemos evitar desear algo.
Y la verdad es que no recordaremos el deseo para la semana entrante.
Pero la estrella queda allí como si la hubieran pintado con brillantina y acuarelas de plata.
Prácticamente alegó que un cuerpo celeste a la deriva, un trozo de diamante con una estela de polvo cósmico recorriendo instantáneamente el cielo humano podía ofrecer la misma posibilidad que ofrecían las velas en las tortas de cumpleaños.
Solo que esta vez era pedir el deseo nomás, no tratar de soplar a la estrella para apagarla.
Ver estrellas fugaces no es algo común. Como ver un eclipse de sol o ver una luna roja. Pero la diferencia es que las estrellas fugaces no suceden cada décadas, cada siglos: suceden todo el tiempo, y no las podemos ver por el simple hecho de que las personas son seres completamente despistados.
Las películas implantan esta idealización de el avisaje de una estrella fugaz como una escena romántica, una orquesta tocando detrás, una pareja riendo en el medio de un escenario solitario y fantástico. Existe la gente racional, quienes aceptan que la estrella es un fenómeno más del universo, y el mero hecho de que haya pasado en frente de sus ojos no les mueve nada. Luego existe la gente que a pesar de que saben de que la estrella o lo que fuera solamente cayó y no tiene porqué cumplir el deseo de nadie, deslumbrados por la vista de aquello tan inusual piden lo primero que se les ocurra.
Saben que las probabilidades son nulas, que solo lo hacen porque si. Pero quizás eso hace también la gente cada vez que cumplen años y se enfrentan con caras de idiotas a una multitud cantando y a la torta cubierta de glasé y velas encendidas. Solo transmiten un deseo, pero ni la torta ni la estrella tiene la obligación de cumplirlo. La gente crece y entiende que todo lo que desean deben salirlo a buscar por si mismos.
La verdad es que cuando vemos caer una estrella, no podemos evitar desear algo.
Y la verdad es que no recordaremos el deseo para la semana entrante.
Pero la estrella queda allí como si la hubieran pintado con brillantina y acuarelas de plata.
March 17, 2015
Mond (IV)
La gente es rara. Y no me estoy excluyendo de ellos, todo lo contrario. Yo sobrellevo mi rareza: la normalidad es muy subjetiva. Todos parecen tener un afán por decir esa frase y sin embargo a todos les encanta fingir que son comunes y corrientes. Uno incluso podría caer en la ilusión de que lo son, si tan solo se distrajera un rato.
Me he encontrado muchas veces a este tipo particular de gente que, taciturnas y carentes de autoestima, viven proclamando que no son amadas porque simplemente no lo merecen. Me gusta pensar que soy una persona que cree fervientemente que cualquier ser merece ser amado en el más banal de los sentidos, o en el más rebuscado y platónico. En el más poético y musical, porque si y sin peros, porque un "no" no es suficiente.
Pero ¿y qué si tenían razón? Las cosas cambian cuando se vive lo mismo que ellos y se piensa del mismo modo. Quizás... pero no. Solo logré comprenderlos más porque, quien sabe, tal vez habíamos vivido en la misma fantasía. Esa fantasía de creer que amar a alguien significa que nunca le haremos daño. Por muy lindo que suene, es solo una mentira que nos contamos para estar más tranquilos por las noches.
Pero la verdad es que el amor es un universo de incontables posibilidades, y asusta, pero encanta lo suficiente para cubrir lo asustados que nos sentimos. Tenemos el poder de dañar o de sanar.
Dos polos opuestos.
Resulta ser demasiada responsabilidad para quienes no quieren decepcionar a nadie, para un simple humano que ni siquiera puede amarse a si mismo y pretende amar al mundo entero sin medir el inmenso peso que eso conlleva, y el inolvidable placer que estúpidamente causa. Y nosotros, personas tan vacías y tan solitarias al fin y al cabo, no podemos entenderlo, en lo absoluto. Los filósofos embozan una cosa, los libros y poetas otra, los psicoanalistas otra...
Al fin y al cabo siempre nos decepcionamos al ver que todos ellos están equivocados.
Me he encontrado muchas veces a este tipo particular de gente que, taciturnas y carentes de autoestima, viven proclamando que no son amadas porque simplemente no lo merecen. Me gusta pensar que soy una persona que cree fervientemente que cualquier ser merece ser amado en el más banal de los sentidos, o en el más rebuscado y platónico. En el más poético y musical, porque si y sin peros, porque un "no" no es suficiente.
Pero ¿y qué si tenían razón? Las cosas cambian cuando se vive lo mismo que ellos y se piensa del mismo modo. Quizás... pero no. Solo logré comprenderlos más porque, quien sabe, tal vez habíamos vivido en la misma fantasía. Esa fantasía de creer que amar a alguien significa que nunca le haremos daño. Por muy lindo que suene, es solo una mentira que nos contamos para estar más tranquilos por las noches.
Pero la verdad es que el amor es un universo de incontables posibilidades, y asusta, pero encanta lo suficiente para cubrir lo asustados que nos sentimos. Tenemos el poder de dañar o de sanar.
Dos polos opuestos.
Resulta ser demasiada responsabilidad para quienes no quieren decepcionar a nadie, para un simple humano que ni siquiera puede amarse a si mismo y pretende amar al mundo entero sin medir el inmenso peso que eso conlleva, y el inolvidable placer que estúpidamente causa. Y nosotros, personas tan vacías y tan solitarias al fin y al cabo, no podemos entenderlo, en lo absoluto. Los filósofos embozan una cosa, los libros y poetas otra, los psicoanalistas otra...
Al fin y al cabo siempre nos decepcionamos al ver que todos ellos están equivocados.
March 05, 2015
Mond (III)
En mi niñez fui un ser cohibido, temeroso y ligeramente antisocial. Mi familia siempre fue pequeña y por mucho tiempo fui la única niñe (y con niñe me refiero a criatura infantil) en ella.
Yo me acercaba a las mesas de familiares con timidez, me sentaba en las sillas, con las piernas en el aire y observaba a mi alrededor en silencio sin intervenir en lo absoluto y sin comprender para nada lo que hablaban los adultos. Atisbaba sus expresiones, casi estudiándolos, quizás hasta aprendiendo como me comportaría cuando creciera. Siendo una persona muy callada, dedicaba completamente mi tiempo a pensar, entre otros pasatiempos como la construcción de ciudades miniaturas con pequeños ladrillos de colores, la pastelería con barro y la pintura exageradamente fauvista. Y, siendo una criatura pequeña e ingenua, pensar traía el miedo consigo.
Si algo esta presente en mi memoria infantil es el miedo. El miedo como pesadilla o como simple sombra diurna de la duda. Temía a la oscuridad de la misma manera que temía a las personas, y el daño que pudieran hacerme. Temí, mucho tiempo, a abrir la boca y decir lo que tanto pensaba. Tanto tiempo que terminé por acostumbrarme a ese silencio casi infinito. Mi familia pensó que se me pasaría cuando creciera, pero no lo hizo. De vez en cuando tiraba un par de palabras para que vieran que todo estaba bien conmigo. El resto del tiempo el silencio era una cuerda vocal más.
A veces hasta me gustaba.
El miedo me acechó mucho tiempo, especialmente por las noches. Mi mayor miedo de pequeñe fue la oscuridad. He encontrado gente que dice que uno no le teme a la oscuridad, sino a lo que hay en ella Pero la oscuridad no es hogar de nadie, la oscuridad es lo que habita en ella y viceversa. Es casi igual como las personas: no son lo que son, no solo son carne y huesos y piel, sino lo que habita en ellas: sus recuerdos, sus voces, las cicatrices cerradas o abiertas que no se muestran en el exterior.
Dejé de temerle a la oscuridad a los diez años, cuando mi madre me apagó la luz de mi velador y dijo que "dejara de comportarme como una nene". Me pregunté que si no era una nene, ¿que era entonces? ¿había estado fingiendo ser una nene todo ese tiempo? Me aterró la posibilidad de haber hecho algo de lo que no me había dado cuenta.
Aquella noche no hubo nada en la oscuridad que me hiciera daño. Y por lo tanto, no había nada que temer en lo absoluto. Asi fue como comenzó una vida de lucha en contra de mis temores.
Yo me acercaba a las mesas de familiares con timidez, me sentaba en las sillas, con las piernas en el aire y observaba a mi alrededor en silencio sin intervenir en lo absoluto y sin comprender para nada lo que hablaban los adultos. Atisbaba sus expresiones, casi estudiándolos, quizás hasta aprendiendo como me comportaría cuando creciera. Siendo una persona muy callada, dedicaba completamente mi tiempo a pensar, entre otros pasatiempos como la construcción de ciudades miniaturas con pequeños ladrillos de colores, la pastelería con barro y la pintura exageradamente fauvista. Y, siendo una criatura pequeña e ingenua, pensar traía el miedo consigo.
Si algo esta presente en mi memoria infantil es el miedo. El miedo como pesadilla o como simple sombra diurna de la duda. Temía a la oscuridad de la misma manera que temía a las personas, y el daño que pudieran hacerme. Temí, mucho tiempo, a abrir la boca y decir lo que tanto pensaba. Tanto tiempo que terminé por acostumbrarme a ese silencio casi infinito. Mi familia pensó que se me pasaría cuando creciera, pero no lo hizo. De vez en cuando tiraba un par de palabras para que vieran que todo estaba bien conmigo. El resto del tiempo el silencio era una cuerda vocal más.
A veces hasta me gustaba.
El miedo me acechó mucho tiempo, especialmente por las noches. Mi mayor miedo de pequeñe fue la oscuridad. He encontrado gente que dice que uno no le teme a la oscuridad, sino a lo que hay en ella Pero la oscuridad no es hogar de nadie, la oscuridad es lo que habita en ella y viceversa. Es casi igual como las personas: no son lo que son, no solo son carne y huesos y piel, sino lo que habita en ellas: sus recuerdos, sus voces, las cicatrices cerradas o abiertas que no se muestran en el exterior.
Dejé de temerle a la oscuridad a los diez años, cuando mi madre me apagó la luz de mi velador y dijo que "dejara de comportarme como una nene". Me pregunté que si no era una nene, ¿que era entonces? ¿había estado fingiendo ser una nene todo ese tiempo? Me aterró la posibilidad de haber hecho algo de lo que no me había dado cuenta.
Aquella noche no hubo nada en la oscuridad que me hiciera daño. Y por lo tanto, no había nada que temer en lo absoluto. Asi fue como comenzó una vida de lucha en contra de mis temores.
January 02, 2015
¿Sabes de donde salió? (Poesía por mi tío)
De aquellos días
de aquellos viajes
donde el boleto
para la vuelta
sale muy caro.
De aquellas noches
sin estrellas.
De aquellos pasillos
de las entradas,
de las salidas,
de los sueros,
de mis golpes.
De las manos atadas,
de la promesa falsa
de no volver a caer.
De las 86 soluciones
a mis respuestas.
De Pink Floyd,
de la apatía,
de mi indiferencia.
De aquellas obras de arte
pintadas con rojo sangre.
De la depresión,
del suicidio frustrado,
de la mañana angustiante.
Del primer paso
a la misma locura-
Acordate que si te desatas
las manos y las abrís
podes parar algo.
Si las cerras
podes golpear
pero si las juntas
y las entrelazas
podes orar a tu dios
y pedirle que te saque.-
Hoy estoy bien.
Walter Hugo Bertotto (1991-92)
de aquellos viajes
donde el boleto
para la vuelta
sale muy caro.
De aquellas noches
sin estrellas.
De aquellos pasillos
de las entradas,
de las salidas,
de los sueros,
de mis golpes.
De las manos atadas,
de la promesa falsa
de no volver a caer.
De las 86 soluciones
a mis respuestas.
De Pink Floyd,
de la apatía,
de mi indiferencia.
De aquellas obras de arte
pintadas con rojo sangre.
De la depresión,
del suicidio frustrado,
de la mañana angustiante.
Del primer paso
a la misma locura-
Acordate que si te desatas
las manos y las abrís
podes parar algo.
Si las cerras
podes golpear
pero si las juntas
y las entrelazas
podes orar a tu dios
y pedirle que te saque.-
Hoy estoy bien.
Walter Hugo Bertotto (1991-92)
(el poema estaba escrito detrás de este cuadro dibujado sobre un cartón. 1991)
December 20, 2014
Mond (II)
Valoro enormemente que algo o alguien consiga arrancarme una sonrisa. Y algo que frecuentemente lo hace es la vida misma.
Mi memoria, digamos, se fragmenta en los eventos que me han marcado o los que se han marcado en mi, por simples que sean. Y los recuerdos que he reprimido a través de los años, hasta dudar de su existencia. Existe un antes y un después de esos recuerdos. Encuentro recuerdos mas reprimidos en mi niñez, cuando todo transcurría lento. Las horas eran dias, los dias eran meses y nunca encontré el sentido al reloj o al calendario. El mundo y su paso era eterno, infinito y los segundos no existían.
En la mitad de mi adolescencia, no recuerdo muy bien en que momento en particular, el mundo (o mi vida) pareció meter cambio y apretar el acelerador. Desde entonces no se ha detenido, y los dias no me alcanzan. No es que la situación es graciosa en si, pero me desprende una sonrisa de ironía, que la infinidad se haya hecho presente en una época donde no la percibía, ni me importaba. Ahora, solo me visita una vez cada tanto, escondida en un momento de cotidianidad. Aprendí a percibirla, y abrazarla aliviada, como una salida a la desesperación de vivir una vida corriendo a la par de un apresurado reloj. La sujeto como si quisiera retenerla, lagrimeo cuando me doy cuenta que se ha ido.
Asi la eternidad como momento, se me escapa de los dedos. Rápida llegada, rápida partida. Y deja su marca en memoria como si caminara con zapatos de fuego. De esos momentos terminaba de convencerme, que la eternidad es algo tan libre, que era casi estúpido que alguien la persiguiera con locura.
Mi memoria, digamos, se fragmenta en los eventos que me han marcado o los que se han marcado en mi, por simples que sean. Y los recuerdos que he reprimido a través de los años, hasta dudar de su existencia. Existe un antes y un después de esos recuerdos. Encuentro recuerdos mas reprimidos en mi niñez, cuando todo transcurría lento. Las horas eran dias, los dias eran meses y nunca encontré el sentido al reloj o al calendario. El mundo y su paso era eterno, infinito y los segundos no existían.
En la mitad de mi adolescencia, no recuerdo muy bien en que momento en particular, el mundo (o mi vida) pareció meter cambio y apretar el acelerador. Desde entonces no se ha detenido, y los dias no me alcanzan. No es que la situación es graciosa en si, pero me desprende una sonrisa de ironía, que la infinidad se haya hecho presente en una época donde no la percibía, ni me importaba. Ahora, solo me visita una vez cada tanto, escondida en un momento de cotidianidad. Aprendí a percibirla, y abrazarla aliviada, como una salida a la desesperación de vivir una vida corriendo a la par de un apresurado reloj. La sujeto como si quisiera retenerla, lagrimeo cuando me doy cuenta que se ha ido.
Asi la eternidad como momento, se me escapa de los dedos. Rápida llegada, rápida partida. Y deja su marca en memoria como si caminara con zapatos de fuego. De esos momentos terminaba de convencerme, que la eternidad es algo tan libre, que era casi estúpido que alguien la persiguiera con locura.
December 17, 2014
Mond (I)
Me siento como al borde de un precipicio.
Siento como el viento juega con mi cabello, como si fuera microscópicas mariposas de aire. Siento el contacto puro con el suelo y mis pies descalzos, como si hablara con la tierra a través de mi piel.
Me siento al borde de un precipicio, pero no hay nada de malo en ello.
Abajo el mar me observa expectante, y me recibe con su perfume salado. No hay nada de extraño, no hay temor en ello. Por lo contrario, siento que observo mi hogar, que al fin estoy en el lugar correcto en el momento correcto. Y es tan fácil pararse allí, pertenecer al viento y a la sal, ser uno con el mar y con el precipicio y con las rocas. No me importaría saltar en lo absoluto; pero de pie allí el tiempo parece ir mas lento, ya que es imposible que se detenga. He encontrado el lugar en el mundo donde los relojes no sirven, donde los días no corren, el dominio del presente, el país del ahora; su ultimo refugio en este mundo apresurado que se atropella a si mismo.
No importa mucho como me llamo, de hecho no importa nada. Solo importa mi atras, y la historia que cargo en la mochila. Pero si vieras lo que veo, ni siquiera eso importaría. Para nada. Ahora solo importa el precipicio y el mar.
Mientras tanto podes llamarme Mond.
September 19, 2014
El Abrazo
Me
pintaron los ojos
de
carmesí;
y
yo los abracé.
Patearon
mi voz
y
aún insistí,
con
balines de insultos
contra
la piel.
Yo
que tomaba
en
brazos
tierras
quemadas,
tobillos
raspados,
canciones
muertas
y
un débil
puente
de retazos.
Escupieron
mis pasos
con
seco llanto,
y
al fin cedieron;
quizás
solo vieron
que
fuerte y todo,
también
yo necesitaba
un
mero abrazo.
-K
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