No me gusta mucho salir a la calle. Y no es que no me gusten las calles. Es que no muy a menudo vuelvo feliz de ellas. Es decir, no muy a menudo me encuentro con situaciones que me hagan feliz.
Por ejemplo, los niños. Es terrible por que siempre creo verme a mi misme en ellos, siempre reconozco fragmentos de mi vida allí.
Algo que me sucedía muy a menudo cuando era pequeña y hablaba, era que me gustaba decirle al mundo cuando estaba feliz, y cuando no lo estaba. Y con el mundo, me refería a mi mundo, es decir a cualquiera que estuviera conmigo en aquel momento. Con el tiempo me di cuenta de que el mundo no siempre coincidía en las sensaciones, y las (algunas) personas tienden a chocar. Entonces si tenía hambre, o tenía sueño, o estaba muy emocionade por mi cumpleaños, pretendía que quien fuera que estuviera allí, al menos escuchara.
Generalmente recibía un "callate la boca".
Con el tiempo, las palabras se fueron solas. Si estaba triste, si estaba emocionade, nadie se enteraba. Si tenia hambre, abría la heladera. Si tenía sueño, me encobijaba en la cama. Con el tiempo no me acordé nunca de esa época en la que quería compartir lo que sentía.
Cuando salgo a la calle, veo niños y a sus padres, o lo que sean. Escucho esa orden monárquica y se me hiela la sangre. No es que no me gusten las calles, pero eso precisamente, me asusta. Me asusta que silencien bocas que no entienden los hilos del mundo, que corten esos lazos entre la boca y el alma. Me asusta que en algún momento, esos niños terminen pareciéndose a mi. Terminen como yo.
No es que no me guste ser yo... solo es que a veces, no es del todo bueno.