Ushuaia es un lugar gris y frío. A veces, en el otoño, toma colores. La rodea una cadena montañosa que encierra los bosques, ciudad y cuerpos de agua que ésta tiene.
Me llamo Lené. Me pusieron así por una amiga de mamá, pensaban que era un nombre francés pero investigué arduamente y resultó ser escandinavo. Escandinavia es una zona montañosa, con mucho bosque, y fría como casa. Lené significa ilustre. No creo, pero espero, llegar a alguno de los dos lados.
El invierno antes de que naciera fue la nevada más grande de mi ciudad, dos metros de nieve cubrieron las calles, mi papá fue a su casamiento en esquíes. Me hubiera gustado haber estado ahí.
Las montañas me protegieron de afuera toda mi vida y los bosques me llevaron a mundos mágicos en los que crecí desde chica. Mis padres son artistas. Yo soy su única hija. Siempre sola y abrigada busqué un lugar al cual pertenecer dentro de los libros. Viajé a tantos lados sin salir de mi casa. Las veces que si quería salir de mi casa era para saludar a las gaviotas y buscar portales mágicos en el bosque.
Un día leer no fue suficiente para escaparme de afuera y de mi soledad. Un día comencé a escribir yo misma. Me di cuenta que a veces para crear o saber, o escribir o pintar, o hacer lo que es especial para cada uno, no hace falta encerrarte en tu casa y hacerlo.
A veces escribo sin cuaderno, cuando miro el atardecer o cuando hago nuevos amigos. Me di cuenta que mis montañas ya no me protegen, ahora me encierran; sin dejarme ver que hay más allá, y sin dejar que el más allá me vea a mi. Y las gaviotas y mis gatos me dijeron que yo tengo que salir para encontrar las historias que se tienen que contar. Repentinamente solo soy ojos que ven, oídos que escuchan y dedos que escriben.
La familia de papá está compuesta por músicos, y mi mamá es artista visual. A ambos les hubiera gustado que siguiera sus pasos, pero me aman igual. No se dan cuenta que hago ambos, como me siempre me las arreglo para matar dos pájaros de un tiro.
Lo que escribo, se ve y se escucha. Lo que veo y escucho, escribo.
A veces siento que sangro palabras.
Me llamo Lené. Me pusieron así por una amiga de mamá, pensaban que era un nombre francés pero investigué arduamente y resultó ser escandinavo. Escandinavia es una zona montañosa, con mucho bosque, y fría como casa. Lené significa ilustre. No creo, pero espero, llegar a alguno de los dos lados.
El invierno antes de que naciera fue la nevada más grande de mi ciudad, dos metros de nieve cubrieron las calles, mi papá fue a su casamiento en esquíes. Me hubiera gustado haber estado ahí.
Las montañas me protegieron de afuera toda mi vida y los bosques me llevaron a mundos mágicos en los que crecí desde chica. Mis padres son artistas. Yo soy su única hija. Siempre sola y abrigada busqué un lugar al cual pertenecer dentro de los libros. Viajé a tantos lados sin salir de mi casa. Las veces que si quería salir de mi casa era para saludar a las gaviotas y buscar portales mágicos en el bosque.
Un día leer no fue suficiente para escaparme de afuera y de mi soledad. Un día comencé a escribir yo misma. Me di cuenta que a veces para crear o saber, o escribir o pintar, o hacer lo que es especial para cada uno, no hace falta encerrarte en tu casa y hacerlo.
A veces escribo sin cuaderno, cuando miro el atardecer o cuando hago nuevos amigos. Me di cuenta que mis montañas ya no me protegen, ahora me encierran; sin dejarme ver que hay más allá, y sin dejar que el más allá me vea a mi. Y las gaviotas y mis gatos me dijeron que yo tengo que salir para encontrar las historias que se tienen que contar. Repentinamente solo soy ojos que ven, oídos que escuchan y dedos que escriben.
La familia de papá está compuesta por músicos, y mi mamá es artista visual. A ambos les hubiera gustado que siguiera sus pasos, pero me aman igual. No se dan cuenta que hago ambos, como me siempre me las arreglo para matar dos pájaros de un tiro.
Lo que escribo, se ve y se escucha. Lo que veo y escucho, escribo.
A veces siento que sangro palabras.