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September 19, 2014

El Abrazo

Me pintaron los ojos
de carmesí;
y yo los abracé.
Patearon mi voz
y aún insistí,
con balines de insultos
contra la piel.

Yo que tomaba
en brazos
tierras quemadas,
tobillos raspados,
canciones muertas
y un débil
puente de retazos.

Escupieron mis pasos
con seco llanto,
y al fin cedieron;
quizás solo vieron
que fuerte y todo,
también yo necesitaba

un mero abrazo.


-K

September 18, 2014

Lo que yace en lo profundo

Y su cuerpo ella ya no controlaba, una fuerza mucho mayor la manejaba, la empujaba junto con el viento. Sus pies descalzos chocaban contra las rocas con tal fuerza que su piel se desgarraba , la sangre corría y sus uñas se astillaban; pues Laila peleaba con todas sus fuerzas contra aquella magia que la obligaba a encontrarse con su destino, su aparente final. Frente a ella sus cabellos negros, como el plumaje de los cuervos, tapaba su visión, pero más allá de ellos veía el cielo gris y aquel horizonte infinito surcado por el mar.
El mar. Estaba siendo llevada hacia el mar. Y la marea comenzaba a alzarse y acercarse peligrosamente hacia Laila. El viento chocaba y las olas subían con sonido tan ensordecedor que si hubiese ella podido gritar, ni siquiera alguien junto a ella la hubiese escuchado, pero estaba sola.
Estaba siendo desterrada. Desterrada de su tierra materna y de la tierra de la cual se enamoró, de aquellos pocos a quienes tenía guardados en su pequeño corazón. Le hubiera gustado que el cielo no fuese gris, le hubiera gustado poder despedirse, poder ver el sol en lo alto o el color en los árboles. Pero aquí no habían árboles, habían rocas y cielo gris, y la marea que subía peligrosamente en su completo aumentaba con cada paso. Era arrolladora, aplastante y por sobre todo abrumador. Todos sus conocimientos no la ayudaron para salvarse del mar que vino por ella, las olas la cubrieron como una sábana y la espuma se tragó su alma y la aplastó y la llevó hasta su abismo más obscuro, donde ella perdió el conocimiento y se volvió parte del mar, donde sin conciencia alguna cumplió su destierro.
Esa memoria de ser engullida por las profundidades era constante en su mente, y el momento se congeló para siempre mientras todo lo demás fue negro. Obscuridad sin fin y sin recuerdos: vacío.
Por eso cuando volvió a abrir los ojos, finalmente en control de su cuerpo, estaba tan horrorizada y aturdida, perdida y desconcertada. El repentino despertar hizo que sus ojos, cuyos párpados habían estado cerrados tantos años, se abrieran y observara todo a su alrededor sin poder hacer coherencia alguna de las imágenes y colores. Se concentró en ella misma, lo primero que pudo ver fueron sus piernas; se notaban los huesos de sus rodillas, nunca fue ella tan escuálida. Intentó moverlas, más no pudo. Una sustancia viscosa y extraña las cubría,ella las sentía gelatinosas y frágiles, sus brazos y manos, todo su cuerpo, temblaba. Estaba siendo sostenida, alguien tenía su por brazos protectores, frente a ella había un niño de unos 10 años aproximadamente, de ojos celestes, grandes y curiosos que la miraba indiscretamente. Laila usó toda su fuerza para poder girarse y ver quién la sujetaba, era un hombre por seguro, pero su cara cambiaba y pasaba de un hombre mayor con canas y arrugas, a un joven de cabellos oscuros y largos; y mientras las marcas en su cara transmutaban él dijo “Laila, Laila, soy yo”, Intentando darle confianza musitó “Skule”. Ella lo miraba con ojos perdidos, ¿Conocía a aquel hombre cambiante? Su cabeza se sentía oprimida y no podía recordar, creía que sí pero cómo saberlo por seguro “Todo va a estar bien”.
Su voz y su nombre hacían que algo apareciera en un rincón lejano y profundo de la mente de Laila y pensara, era como un recuerdo o como una sensación de melancolía, no podía saberlo.
Ella seguía temblando a pesar de el aliento que aquel hombre intentaba darle, sus labios no podían separarse para emitir ni un sonido, y no sentía que todo estaría bien, a pesar de estar siendo cargada por ese hombre los cimientos de donde se encontraban se movían, se balanceaban, ella lo sentía, había un continuo movimiento; y no distinguía si el sonido de las olas era un fantasma de sus pesadillas que la perseguía en su despertar.
Negó con la cabeza. Las cosas no estaban bien, no estaban bien para nada. Su cuerpo no dejaba de temblar y cada una de sus respiraciones se sentía como la primera y la última. Una imagen golpeó su cabeza tan fuerte que creyó perder la conciencia, sentía las palpitaciones de su corazón dentro de su cráneo y podía ver las olas que chocaban contra las rocas y se alzaban en lo alto sobre ella, cayendo ahogada, podía sentir el olor de las algas y saborear la sal, podía sentir el frío y el agua que la acariciaban con torpeza, y la imagen se esfumó, pero en su cabeza seguía latiendo con fuerza el dolor. Al fin pudo despegar sus labios y tomó una bocanada de aire tan grande como pudo, sin animarse aun a utilizar su voz. Sus dientes chocaban entre ellos, observó y descubrió que estaba en un bote, no, una embarcación, un barco… vio a su alrededor, un barco pequeño en medio del mar, y el pánico entró en sus venas tan rápido como el corazón bombea sangre. “No”, murmuró y negó con la cabeza con todas sus fuerzas. El niño sentado enfrente alargó sus pequeños dedos hasta el corazón de Laila, y un calor se esparció sobre su cuerpo, dejó de temblar, el niño sonrió y en su pequeña sonrisa con hoyuelos se notaba que en realidad era una pequeña niña, una niña del mundo natal de Laila. Cómo le dolía la cabeza pensar en su mundo natal, ¿Cómo se llamaba aquel lugar del que provenían?
Las olas la seguían atormentando, pero ahora se podía concentrar. Volvió a mirar atrás y Skule era un hombre joven con cara de extrema preocupación, posó su mirada detrás de él y detrás de su respiración, y pudo ver y escuchar las olas abrumadoras. Comenzó a reconocer su cara, era alguien a quien ella conocía. Por eso le dijo algo que sólo le diría a alguien en quien confiaba, y le susurró en su oído cerrando los ojos “sácame de aquí”. Skule asintió con la cabeza y luego miró a la niña disfrazada de niño e intercambiaron palabras que Laila, aun aturdida, no se molestó en escuchar. Los brazos que la sostenían la sujetaron con más seguridad y se levantó en el aire, luego de unos pasos entró en una sombra y se sumieron en la más profunda y vacía oscuridad, una oscuridad seca y fría. No se veía absolutamente nada, pero cuando Laila cerraba sus ojos para pestañear, volvían a caer sobre ella una por una las gotas del mar hasta cubrirla por completo. Cuando volvió a abrir sus párpados, estaban frente a una cabaña en el bosque, el sonido de las olas no parecía haberse ido por completo; Laila no reconocía aquella construcción alpina alta y de madera, con balcones y escaleras que salían de un balcón a otro y se veían como un laberinto de escaleras y ventanas, donde arriba del todo había una cúpula con un ventanal oscuro.
“¿Crees que puedas caminar?” Ella no estaba segura, había dejado de temblar pero no había tocado suelo firme desde…Había perdido toda noción del tiempo. Miró sus piernas y recapacitó en que estaba desnuda, lo exclamó en voz alta y su protector se rió. “Si, lo estas. Eras una sirena hasta hace un rato, las sirenas no se visten”.
Ella decidió ignorar toda esa situación y preguntó “¿Cuánto tiempo pasó? ¿Qué lugar es este, es tu casa?” Laila tartamudeaba por el frío, él negó con cabeza y ella se tensó. Escuchó entonces un sonido extraño y miró devuelta hacia la alpina, donde habían algunos gatos jugando y un gran pavo real blanco mirándolos, era aquel animal quien había emitido tal ruido. Un instante después, la puerta se abrió y de allí salió una mujer con cabellos rojos y ojos color miel, de piel blanca y suave, que llevaba una capa de un verde inglés. Los observó con curiosidad, y cuando posó sus ojos en Laila se sobresaltó, enseguida los invitó a pasar, con palabras cálidas le ofreció abrigo y le dio una habitación con una cama donde, según dijo la bruja de la cabaña, debería descansar.
Laila no quería ayuda alguna, no quería sentirse desesperada como se sentía, ella necesitaba ser fuerte como siempre fue y poder salir como si nada hubiera pasado, pero cuando tocó tierra vomitó y luego a 5 pasos de levantarse se volvía a caer. Estaba extremadamente flaca, y sus dedos tanto los de sus pies como los de sus manos estaban congelados, no podía negar la ayuda de la bruja, aunque no quería ayuda. Cada vez, absolutamente cada vez que cerraba sus ojos, la figura de ella misma parada en la playa de piedras, sola en aquel infinito horizonte, enfrentando algo que no pudo vencer, aquella desesperante y solitaria imagen y la sensación de ahogo volvían a ella. Vencida, ya que no podía seguir su propia voluntad, quedó a merced de aquella mujer quien la dejó acostada en aquella cama y se fue a hablar con Skule. Charlaron en voz baja, historias se contaron y preguntas se hicieron, mientras, en el dormitorio, las pesadillas sobre profundidades obscuras donde los pulmones se sofocan y la visión se nubla.
Habían huesos. Infinita cantidad de huesos cubrían lo profundo. En la pesadilla estaba nuevamente desnuda, y caminaba sobre los huesos, que se clavaban en la planta de sus pies, y se esparcían y movían a medida que caminaba sobre ellos, el sonido que emitían los movimientos de los huesos era fuerte y claro, con un eco que resonaba en aquella profundidad.
A medida que caminaba se acercaba a algo que irradiaba luz, una figura humana sentada en aquel claro de huesos, era una joven cubierta por un velo blanco, de cabellos negros y con una corona gris puntiaguda, estaba dándole la espalda por lo que Laila por lo que no podía ver su rostro. Resonaba bajo el mar una voz oscura que se pegaba en el inconsciente de la mente, palabras que se hundían dentro de tu carne y se pegaban a tus huesos, que hacían eco en tu inconsciente.
“No deberías temer lo que yace en lo profundo”. La imagen en el sueño cambiaba nuevamente al momento donde la espuma de las olas cubrían a Laila como una sábana, y luego volvía a aquel claro de los huesos, y la voz susurró devuelta “Solo son huesos”. Se escuchaba a resonancia en aquella profundidad, y a medida aquella joven se giraba para ver a Laila, las olas volvían, la chocaban, absorbían y la arrastraban contra su voluntad, y así ella se despertó de un salto, con su corazón latiendo más de lo que lo recordaba capaz de latir.
La bruja que la hospedaba, se encontraba sentada junto a ella en su despertar, al hacer contacto visual le sonrió, y la visión de ella la relajó de alguna manera a Laila. Sentía un halo protector y sentía que había recuperado sus fuerzas, “Me llamo Yvette, y te voy a ayudar, no te preocupes. Yo te voy a acompañar, dime Laila, ¿Recuerdas algo aparte de tu destierro?”
Esta vez, cuando intentó recordar, ya no palpitaba su cabeza, venían imágenes, un oso blanco y Skule, una nube de oscuridad que rodeaba a una mujer con cabellos de tentáculo, peleas y luchas contra criaturas malignas. Recordaba no haber nacido en aquel mundo de magia, brujas y animales que hablaban, pero no podía recordar nada de su tierra natal. Todo eso contó a la bruja protectora, y lo primero que Yvette le dijo luego de escuchar en silencio, fue;
“No es culpa del mar lavar todas las memorias del pasado y devolverlas erosionadas”




Nogar

Elena recorría los campos antes de volver a casa. Era mejor si tardaba en volver, porque no quería cruzarse con su padre, pero también era mejor si volvía rápidamente o él se enojaría; a Elena no le gustaba cuando su padre se enojaba; era herrero, y por lo tanto fuerte y fornido. Pero era mejor que su madre, ella los había dejado a ambos por otro hombre.
Volvía entonces, con las palanganas llenas con agua del río, cuando sus oídos estallaron ante un chillido agudo y lastimero. En el susto, las palanganas se resbalaron de sus dedos, el agua cayó y mojó todo a su paso, sus sandalias se inundaron y la tela con la que estaban hechas se estiró, pero ella estaba paralizada. Sucedió devuelta, el sonido pertenecía a una criatura, eso por seguro. La repetición la despertó de su terror para impartir curiosidad en ella, y se desvió del camino para investigar.
Usó para acercarse al origen de la criatura los silencios entre los aullidos de agonía. La luz que se filtraba entre el follaje de los árboles convertía la escena en un paisaje encantador, daba la sensación de que nada malo podía pasar allí, no con tal belleza al rededor. Caminó metiéndose entre los árboles sin sendero, corriendo arbustos con débiles brazos, tratando de no pincharse con sus espinas.
Cuando antes el aire era puro; el del pasto húmedo luego de una lluvia, Elena comenzó a sentir náuseas mezcladas con terror al acercarse a aquel agonizar cada vez más constante; un olor agrio y fuerte empezó a tomar lugar, y en ese entonces ella divisó al culpable.
Antes de poder entender lo que era que estaba viendo, un calor súbito la hizo tirarse al suelo, era fuego...una bola de fuego. Detrás de ésta había un dragón. No era el más anciano de los dragones, al contrario, era joven, pero tampoco era un bebé. El fuego que había lanzado a Elena era débil, como él mismo, y al ver que ni a ella pudo matar, echó su cabeza sobre el suelo vencido.
El olor nauseabundo era el de la sangre y carne quemada. Hubiera sido inteligente de Elena correr en ese momento, pero no podía. El joven dragón estaba muriendo sobre la escena de una batalla que solo indicaba, que su muerte era un acto de venganza. Cuando ella pudo ponerse de pie, no fue para alejarse, si no acercarse. El dragón la miró de reojo, pero no hizo nada.
Ella se acercó, tocó su cuello, le cantó y le dijo que todo estaría bien. Su escamoso cuerpo era duro y resbaloso como el cristal, y los dedos de Elena se mancharon con sangre. El dragón no lloró más, tal vez por orgullo, tal vez porque la compañía le hizo bien. El dragón no lloró más, pero entre sus respiros se escuchaba, Nogar, Nogar. Sería ese su nombre? Sería aquel que lo mató?
Otro grito diferente provino del bosque, del camino por el cual ella se había desviado. Llamaba su nombre, era su padre. Elena no podía dejar que su padre encontrara al dragón, pero tampoco quería dejarlo fallecer en soledad. Limpió la sangre de sus manos con sus sandalias mojadas, y las tiró por allí. Besó a Nogar entre los ojos, y corrió devuelta al camino donde debía estar su padre.
El dragón mira el cielo en el que sus alas se batieron por última vez. Sus escamas crujen en el crepúsculo, y se prepara para enfriarse finalmente. Está cansado, más que cansado, y solo quiere dormir. Así sus párpados, que cubren ojos amarillentos que tanto han visto, se cierran. Su cuerpo imponente se acomoda bajo los cadáveres calcinados de humanos y criaturas, y suspira, exhalando una última chispa de fuego rojizo.










Final (último párrafo), Kay
Todo el resto, yo