Cuando estuve en las ciudades salvajes, me tocó vivir en muchos lugares y conocer a varias personas. Una de esas personas fue Coraje, y por supuesto, ese no era su verdadero nombre.
Coraje era una mujer en un mundo complicado, de horas y recorridos difíciles. Muchas veces llegaba a casa cuando las ventanas ya dormían profundamente. Yo la esperaba con la cena fría y dispueste a escucharla. Coraje muy a menudo necesitaba hablar, y generalmente, era de odio.
Odio las calles oscuras; odio el silencio, porque cualquier suspiro de la noche parecen pasos siguiendo.
Odio la gente que esta afuera, que estaciona o arranca los autos. Odio a los que observan, a los que caminan con las manos en los bolsillos.
Odio las lámparas de la calle que crean sombras y me hacen pensar que hay alguien detrás mio, aunque tengan mi forma.
Odio las horas y odio los lugares oscuros de las veredas. Odio tener que cruzarlos corriendo.
Odio tener que aferrarme a todo lo material y fingir que es es aferrarme a lo que en realidad me importa.
Odio sobre todo, la mundo. Odio saber que no les importa saber si algún día pido ayuda.
Coraje odiaba mucho, y sufría más. Siempre decía que al bolso podía vaciarlo, pero a su vida no.
¿Y si me roban el alma?
Yo la apodaba Coraje, y ella se enojaba. Decía que de eso no tenía nada.
Yo afirmaba que de eso tenía todo.
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