La gente es rara. Y no me estoy excluyendo de ellos, todo lo contrario. Yo sobrellevo mi rareza: la normalidad es muy subjetiva. Todos parecen tener un afán por decir esa frase y sin embargo a todos les encanta fingir que son comunes y corrientes. Uno incluso podría caer en la ilusión de que lo son, si tan solo se distrajera un rato.
Me he encontrado muchas veces a este tipo particular de gente que, taciturnas y carentes de autoestima, viven proclamando que no son amadas porque simplemente no lo merecen. Me gusta pensar que soy una persona que cree fervientemente que cualquier ser merece ser amado en el más banal de los sentidos, o en el más rebuscado y platónico. En el más poético y musical, porque si y sin peros, porque un "no" no es suficiente.
Pero ¿y qué si tenían razón? Las cosas cambian cuando se vive lo mismo que ellos y se piensa del mismo modo. Quizás... pero no. Solo logré comprenderlos más porque, quien sabe, tal vez habíamos vivido en la misma fantasía. Esa fantasía de creer que amar a alguien significa que nunca le haremos daño. Por muy lindo que suene, es solo una mentira que nos contamos para estar más tranquilos por las noches.
Pero la verdad es que el amor es un universo de incontables posibilidades, y asusta, pero encanta lo suficiente para cubrir lo asustados que nos sentimos. Tenemos el poder de dañar o de sanar.
Dos polos opuestos.
Resulta ser demasiada responsabilidad para quienes no quieren decepcionar a nadie, para un simple humano que ni siquiera puede amarse a si mismo y pretende amar al mundo entero sin medir el inmenso peso que eso conlleva, y el inolvidable placer que estúpidamente causa. Y nosotros, personas tan vacías y tan solitarias al fin y al cabo, no podemos entenderlo, en lo absoluto. Los filósofos embozan una cosa, los libros y poetas otra, los psicoanalistas otra...
Al fin y al cabo siempre nos decepcionamos al ver que todos ellos están equivocados.
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