Valoro enormemente que algo o alguien consiga arrancarme una sonrisa. Y algo que frecuentemente lo hace es la vida misma.
Mi memoria, digamos, se fragmenta en los eventos que me han marcado o los que se han marcado en mi, por simples que sean. Y los recuerdos que he reprimido a través de los años, hasta dudar de su existencia. Existe un antes y un después de esos recuerdos. Encuentro recuerdos mas reprimidos en mi niñez, cuando todo transcurría lento. Las horas eran dias, los dias eran meses y nunca encontré el sentido al reloj o al calendario. El mundo y su paso era eterno, infinito y los segundos no existían.
En la mitad de mi adolescencia, no recuerdo muy bien en que momento en particular, el mundo (o mi vida) pareció meter cambio y apretar el acelerador. Desde entonces no se ha detenido, y los dias no me alcanzan. No es que la situación es graciosa en si, pero me desprende una sonrisa de ironía, que la infinidad se haya hecho presente en una época donde no la percibía, ni me importaba. Ahora, solo me visita una vez cada tanto, escondida en un momento de cotidianidad. Aprendí a percibirla, y abrazarla aliviada, como una salida a la desesperación de vivir una vida corriendo a la par de un apresurado reloj. La sujeto como si quisiera retenerla, lagrimeo cuando me doy cuenta que se ha ido.
Asi la eternidad como momento, se me escapa de los dedos. Rápida llegada, rápida partida. Y deja su marca en memoria como si caminara con zapatos de fuego. De esos momentos terminaba de convencerme, que la eternidad es algo tan libre, que era casi estúpido que alguien la persiguiera con locura.
Mi memoria, digamos, se fragmenta en los eventos que me han marcado o los que se han marcado en mi, por simples que sean. Y los recuerdos que he reprimido a través de los años, hasta dudar de su existencia. Existe un antes y un después de esos recuerdos. Encuentro recuerdos mas reprimidos en mi niñez, cuando todo transcurría lento. Las horas eran dias, los dias eran meses y nunca encontré el sentido al reloj o al calendario. El mundo y su paso era eterno, infinito y los segundos no existían.
En la mitad de mi adolescencia, no recuerdo muy bien en que momento en particular, el mundo (o mi vida) pareció meter cambio y apretar el acelerador. Desde entonces no se ha detenido, y los dias no me alcanzan. No es que la situación es graciosa en si, pero me desprende una sonrisa de ironía, que la infinidad se haya hecho presente en una época donde no la percibía, ni me importaba. Ahora, solo me visita una vez cada tanto, escondida en un momento de cotidianidad. Aprendí a percibirla, y abrazarla aliviada, como una salida a la desesperación de vivir una vida corriendo a la par de un apresurado reloj. La sujeto como si quisiera retenerla, lagrimeo cuando me doy cuenta que se ha ido.
Asi la eternidad como momento, se me escapa de los dedos. Rápida llegada, rápida partida. Y deja su marca en memoria como si caminara con zapatos de fuego. De esos momentos terminaba de convencerme, que la eternidad es algo tan libre, que era casi estúpido que alguien la persiguiera con locura.
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