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September 26, 2013

El hombre en la habitación (traducción de K)

Hubo una vez un hombre; bastante delgado, bastante alto. Disfrutaba de todas las pequeñas cosas de la vida y la vista desde el parque.
Este hombre estaba en una habitación; bastante pequeña, bastante cerrada. Estaba hecha de madera, y tenía un techo de enredadera.
Se sentaba ahí, delgado y alto, en su casa hecha de madera. Su silla, construida por él mismo, sus manos eran duras y habilidosas, aunque sus brazos fueran largos y delgados.
La casa de madera, cubierta por la enredadera, solo tenía una ventana. Tenía cuatro esquinas, sin cocina ni tocador. El hombre se sentaba ahí, en la silla que había hecho por sí mismo; miraba a través de la ventana.
Fuera de la ventana el hombre vio la enredadera, toda clase de pequeños bichos caminando en ella. Más lejos había árboles y pasto, y un cielo que el hombre no podía observar.
Se sentó ahí, mirando su enredadera y los arboles a lo lejos. Su propia silla, debajo de él, y libros a su alrededor. La casa de una sola habitación estaba hecha de madera, y no tenía nada más que una silla y montones de libros.
La ventana era amplia y grande, los arboles afuera eran verdes. La casa hecha de madera con techo de enredadera estaba en el medio del campo, rodeada por árboles. Esta habitación no tenía puerta, ni manera de salir.
La habitación con el hombre en ella, no solo estaba hecha de madera, sino que también era acogedora. Para el hombre todo duraba para siempre… su eterno mirar hacia afuera, pero aún con su mente en la silla que había hecho con sus propias manos. Sus manos eran duras y habilidosas, aunque sus brazos fueran largos y delgados.
El hombre en la habitación se sentaba ahí, completamente solo, con una ventana hacia el pasado y montones de libros. Estaba solo, no podía hacer nada al respecto, pero aun así no construyó una puerta. Este hombre, bastante delgado, bastante alto, era efímero. Un momento estaba ahí, el siguiente no lo estaba.
Tan fugaz, tan perecedero, tan ligero, tan efímero. ¿Siquiera él existía? Una vez había sido un hombre que disfrutaba de todas las pequeñas cosas de la vida y de la vista desde el parque.
Se sentó ahí, en la habitación que había construido y la silla que había construido, con sus tan habilidosas manos, y miró a través de la ventana en soledad, pensando, ¿pensando en qué? ¡Pensando en todo! En la enredadera que crecía en su casa, en todos los libros a su alrededor, en el calor y, aun así, en ese frío, acerca del pasado y del futuro.
Pasó su vida en la introspección de su casa; no había una pulgada de ésta que no conociera. La madera tallada, cada hoja de la enredadera, sus libros, la ventana.
Y aun así, cada segundo parecía durar siglos en esa gloriosa vista de todo lo que anhelaba. La vida resultaba tan quieta allí en la pradera. La vida empezaba y la muerte atacaba. Ciclos y ciclos se repetían una y otra vez, y el hombre en la habitación con la enredadera en el techo, se preguntaba: ¿Habría un día en el que el mundo moriría?
Solo, mirando a través de la ventana, en esa casa hecha de madera, pensó en alguien que solía conocer, y en un lugar en el que solía vivir, y en alguien que solía ser. Y pensó en cuan feliz era, y cuan triste era. Porque, para el hombre en la habitación, no había felicidad sin tristeza, ni tristeza sin felicidad. El hombre sonrío y lloró, y se sentó inmóvil en la silla que él mismo había hecho, con sus habilidosas manos.
Todo estaba tan quieto, tan callado, sin sonido. Se preguntó si estaba vivo o muerto, se preguntó que pasa cuando morimos y que pasa antes de nacer, se preguntó si los volvería a ver, si alguna vez dormiría, comería o respiraría de nuevo, si alguna vez podría hablar en voz alta de nuevo, si conocería el fin de su soledad, si encontraría algún día un lugar al que llamar hogar, si algún día construiría algo otra vez. Se preguntó.
¿Había un fin para la infinidad? ¿Qué tan grande era la mente?
Su casa era pequeña porque en un espacio cerrado te sientes un poco menos solo, y aún así estás completamente por tu cuenta. Había comodidad en lo pequeño, era atiborrado y acogedor. La enredadera se veía vieja y sabia a la vez. La ventana lo dejaba ver todo lo que deseaba ver, cosas tanto cosas tristes como felices, y aun así tan quietas.

Hubo una vez un hombre, bastante delgado, bastante alto. Disfrutaba de todas las pequeñas cosas de la vida y de la vista desde el parque.













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Escrito por V N Lené
Traducido por Kalen Lopez
Corregido por Luciana Cabañez 

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